Reflejos

El olor a café recién hecho la despertó. Sin pensar, se levantó de la cama y se dirigió hacia la puerta. Casi de forma automática, comprobó de reojo la imagen que provenía de la pared y siguió su camino. Sin embargo, algo captó su atención antes de alcanzar el pomo. Desanduvo unos pasos hasta alinearse con el espejo sin perder de vista el reflejo. Parada, examinó de arriba abajo el perfil de la figura que se situaba frente a ella; la imagen hizo lo mismo. A simple vista no encontraba nada fuera de lo normal, llevaba el mismo pijama rosa con el que se había acostado la noche anterior, su pelo estaba despeinado, probablemente por haberse movido demasiado mientras dormía, y su cara mostraba el cansancio propio de cada mañana antes de tomar el primer café. Sin embargo, algo dentro de ella le impedía dejar de mirar a su copia.

Se situó de frente, la imagen hizo lo mismo. Ladeó la cabeza, tratando de llegar a algún ángulo que se le podía estar escapando; la imagen le devolvió la misma confusa mirada. De forma instintiva se despojó del pijama, primero de la camiseta y después de los pantalones, y se quedó desnuda ante el espejo. Manteniendo la mirada a su copia, una sensación de vulnerabilidad comenzó a ascender por su cuerpo. Su primer impulso fue cubrirse, como para intentar protegerse; no obstante continuó inmóvil, la imagen hizo lo mismo.

Observó su rostro, aquellos ojos fatigados, hundidos en las cuencas, la boca entreabierta e inexpresiva. Las mejillas descoloridas, de cuya cima sobresalían los pronunciados pómulos. Reconocía perfectamente cada una de sus facciones, aunque había algo distinto que le impedía identificarlas como propias. Su semblante estaba vacío, plano… Parecía pertenecer a un autómata más que a un ser sintiente. Siguió escudriñando centímetro a centímetro el cuerpo que se presentaba frente a ella. Los hombros, parecían los suyos pero ofrecían una postura más encorvada. Erguió su espalda sin conseguir apenas efecto en su copia.

Contempló su piel, la recordaba menos pálida. Podía distinguir las ramas azules que le surcaban el pecho y los brazos. Parecían más largos, lo mismo ocurría con sus piernas. Era como si se encontrara frente a uno de esos espejos de feria que ofrecían una imagen distorsionada al observador. Se trataba de una versión distinta de su cuerpo, más lánguida, más sombría, que la miraba desde el otro lado.

La sensación de vulnerabilidad se hizo más fuerte. Cerró fuertemente los ojos y sacudió la cabeza, como tratando de descorrer un velo invisible que había modificado su percepción. Cuando los volvió a abrir se encontró con la misma figura. Allí desnuda, ante lo que para ella era una alegoría de sí misma, comenzó a verse de verdad. No había máscaras ni disfraces que pudieran esconderla, camuflarla entre los demás. Su cuerpo no ofrecía cobijo a representaciones ilusorias. La imagen se había roto en mil pedazos y tan solo quedaba la realidad.

Horrorizada retrocedió lentamente, como para alejarse de aquella visión que tan solo le provocaba rechazo, aunque sin perderla de vista por un segundo. Su respiración se agitaba, su pecho se movía más rápido. Era más de lo que podía procesar ¿En qué momento se había convertido en aquello que veían sus ojos? ¿Cómo había ocurrido? No lo entendía. Le parecía imposible que la persona que se había ido a dormir la noche anterior fuera tan distinta de la que se había despertado y se encontraba frente a ella. Se trataba de una imitación ridícula de su persona, pero con un sabor más auténtico que ninguno de los recuerdos que guardaba en su memoria. Era ella, no había lugar a duda. Era ella.

El sonido de una voz llamándola por su nombre disipó aquellos pensamientos. Se vistió de forma casi mecánica y echó un último vistazo de reojo a su reflejo. Giró el pomo de la puerta y salió de la habitación.

Las Cuerdas

La dispuso sin mucho cuidado encima de la mesa y salió de la habitación sin explicación alguna. Sin poder ver nada, intentó comprender dónde se encontraba. La superficie parecía plana, dura… no muy confortable… Trató de estirar un brazo para comprobar con su mano el material en el que estaba tendida, pero no consiguió realizar movimiento alguno. No respondió a la orden ni tan siquiera una de las falanges. Probó de nuevo, esta vez con toda su energía, nada… Siguió así durante un tiempo, todos sus esfuerzos fueron en vano. Se sentía cansada, confundida. Decidió cambiar de estrategia y comenzó a repasar mentalmente su cuerpo, tal vez así sería capaz de hacerse una idea, más o menos vaga, de su situación.

Comenzó por su cabeza, se encontraba boca arriba ligeramente ladeada hacia la izquierda; su oreja rozaba aquella superficie. Nada raro. Su cuerda se encontraba amarrada en la misma zona en la que siempre había estado. Notaba su tacto en la nuca, ese cosquilleo contra su piel hizo que se le erizara el vello. Era una sensación tan reconfortante…

Decidió seguir. Su cuello no parecía tomar una postura demasiado cómoda, medio retorcido, de tal forma que sólo su hombro izquierdo le ofrecía apoyo. Continuó bajando. Sus brazos parecían entonar una plegaria. Uno sobre el otro, las palmas de sus manos casi rozándose. Una vez más, sus cuerdas seguían en el lugar correcto; entrelazándose conforme se alejaban de su cuerpo.

Su torso se enroscaba dejando libre el anclaje que unía su cuerda a la espalda. Más allá, sus caderas daban paso a unas piernas dobladas. A sus pies, el último de sus juegos de cuerdas se perdía en el vacío. Notaba la tensión que la empujaba, pero no era nada que no pudiera controlar. Se vio a sí misma en la posición que creía ocupar, postrada sobre aquella superficie. Nada parecía haber cambiado, todo seguía igual. Eso la tranquilizó.

Escuchó el sonido de una puerta abriéndose y pasos que se acercaban. Comenzó a respirar de forma más agitada. Alguien estaba rebuscando en los cajones. Podía oír el metal deslizándose en los raíles, herramientas moviéndose, chocando unas contra otras… metal, madera… Se hizo el silencio y, de nuevo, los pasos se aproximaban hacia dónde ella yacía.

De repente un sonido seco precedió un dolor agudo y punzante que provenía de su espalda. No sabía localizarlo, no entendía de dónde venía exactamente. Quería gritar. Trató de retorcerse para escapar de esa sensación. Algo ocurrió. Su cuerpo se movía. Aún no era consciente de esa nueva situación cuando el mismo sonido seco volvió a abrirse paso. Esta vez el dolor se situaba en sus pies, a la vez que la tensión que tiraba de ellos desaparecía. Pataleó. Sus piernas torpemente obedecían sus órdenes. Intentó voltearse, huir. Una vez más, el temido sonido seguido de ese dolor. Notaba como agujas clavándose en las manos. A ciegas, trató de sacudir las espinas imaginarias que se hundían en su carne. Quería gritar. Quería gritar con todas sus fuerzas.

De pronto, un alarido desconsolado se erigió por encima de cualquier otro sonido y se hizo el silencio.

Abrió los ojos y lo vio. En sus manos la cruz de madera de la que brotaban sus antiguas cuerdas. Se incorporó, mirándolo. Le resultaba extraño tener que enviar órdenes a su cuerpo para que éste se moviera. Parecía que tardaba un poco en responder a sus deseos. No como cuando eran las cuerdas las que tomaban el control. No necesitaba pensar, tan solo dejarse llevar. Las cuerdas lo hacían todo por ella.

Lo miró, extrañada. Quería preguntarle por qué, qué había pasado, qué había hecho mal… Abrió la boca pero no consiguió articular ninguna palabra. Él se acercó, se inclinó hacia ella y le acarició el pelo susurrando en su oído “Eres libre”.

Reencuentro

Y de repente ahí estaba…

Abrí los ojos, como cada mañana, y lo vi ahí, sentado. Tenía la mirada fija en mí, pero al mismo tiempo era como si me traspasara, realmente no me estaba viendo… Yo no estaba o, al menos, a él le daba igual. Me quedé quieta observándolo, casi hipnotizada, su contorno, sus colores, sus gestos… Él tan solo permaneció inmóvil. Su silueta grande y oscura se adueñaba de los pies de mi cama, como si de su legítimo trono se tratase. Una figura tan extraña pero tan familiar. A decir verdad, lo recordaba perfectamente. Podría cerrar los ojos y dibujarlo de memoria, hasta el más ínfimo detalle que para otros pasaría desapercibido… Incluso recordaba nuestro último día juntos, la despedida y ese “hasta luego” esbozado entre líneas.

Y así estuve, no sé bien durante cuánto tiempo; pasaron los minutos, las horas quizá… Sin poder quitar mis ojos de él. De repente, giró la cabeza, se incorporó y comenzó a caminar con su paso lento hacia la puerta. Yo no sabía muy bien qué hacer y me limité a seguir observándolo desde la cama. Se detuvo al llegar al marco, sin mirar atrás. ¿Quería que lo siguiese? ¿Estaba esperando por mí? Hice el amago de levantarme de la cama y él reanudó su camino. Recorrí el pasillo tras él, de cerca pero sin llegar nunca a alcanzarlo; tal vez por vergüenza, tal vez por miedo o tal vez por una mezcla de ambos. Me encontraba tan próxima que su olor lo invadía todo, trayendo consigo más recuerdos. Cerré los ojos mientras caminábamos, y me sumergí de lleno en ellos.

De pronto ya no estaba en mi habitación. Me hallaba sentada en el suelo, en una estancia oscura y diminuta. No podía distinguir nada, pero sabía que no estaba sola. Él estaba allí conmigo. Poco a poco, mis ojos se acostumbraron a la falta de luz y comencé a ver. Repasé las paredes, el suelo, el techo… Allí estaba! Esa figura inconfundible… Me quedé mirando y entre los espacios que su cuerpo dejaba libres identifiqué una pequeña puerta. Lo miré a la cara, sorprendida. Él no me vio. Gateé hasta dónde se encontraba e intenté moverlo, traté de encontrar un hueco por el que poder abrir la puerta y salir de allí. Él no me vio. Permaneció inerte, impasible a mis intentos. Lo golpeé, lo arañé, lo mordí… cualquier opción con tal de lograr escapar… pero tan solo conseguí que cada golpe, cada arañazo, cada mordisco resonara en mi propia carne. Él no me vio. Noté cómo los nudillos me palpitaban y las manos se me humedecían… Estaba sangrando. Me levanté y puse mis dedos delante de su cara. Le grité, le insulté, le supliqué. Él no me vio. Caí de rodillas al suelo, a sus pies. Hundí la cara en las manos y lloré… Las lágrimas se deslizaban por mis brazos hasta llegar al suelo. Escuchaba como cada nueva gota caía sobre las anteriores. Entre sollozos, le preguntaba por qué. Él no me vio. Transcurrió el tiempo, mis piernas se habían empapado en el agua salada. Tenía frío. Alcé la vista de nuevo y delante de mí se encontraba, borrosa, aquella diminuta puerta. Sin perder un instante tomé el pomo, lo giré, empujé y salí.

De nuevo me hallaba en el pasillo de casa. Como si despertara de un trance, confundida, traté de poner sentido a lo que estaba pasando. Recordé que él estaba conmigo. Miré a mi alrededor pero no conseguía encontrarlo. Giré la cabeza y mis ojos se toparon con una silueta sentada en el sofá observando la pared. Era él. Sin retirar la mirada avancé hacia su lado. Él no me veía. Me detuve a escasos centímetros, de pié, mirándolo fijamente. Tan cerca que solo con mover un dedo bastaba para tocarlo. Su olor volvió a hacerse omnipresente. Él no me veía. Cerré los ojos y respiré hondo. De pronto lo vi, de espaldas, alejándose poco a poco mientras su cuerpo se iba confundiendo con el de la gente que ocupaba las calles. En mi interior tenía la certeza de que nuestros caminos se cruzarían de nuevo. No sabía cuándo, dónde o cómo; tan solo que ocurriría. Entonces me di cuenta de que ya no podía distinguirlo, se había diluido entre la multitud. Y en ese momento sonreí.

Abrí los ojos y ahí seguía, sentado, imperturbable. Su mirada clavada en la pared y la mía en él. Sentí como la ira me iba invadiendo. Me senté en el sofá a su lado, pero sin atreverme a rozarle todavía, y dirigí la vista en la dirección que tanto le estaba cautivando. De soslayo, advertí como una sonrisa comenzaba a dibujarse en su cara. Me recliné y apoyé la cabeza en su hombro. Ambos enfocando el mismo punto. Cuanto más mantenía la mirada fija junto a la suya, más cambiaba la escena que estaba viendo. La pared comenzó a variar de forma, del suelo brotaron grietas que la iban escalando a la vez que se ensanchaban cada vez más, hasta finalmente romperla en pedazos. De los restos surgió poco a poco una nueva imagen, deforme pero haciéndose cada vez más nítida, y expandiéndose hasta ocupar por completo nuestro campo de visión. Ahí apareció mi habitación, y yo tumbada durmiendo. Desde los pies de la cama se me veía tranquila, relajada. “Te echaba de menos”.